Si tuviera que elegir un descubrimiento como amante de la
Música que me haya supuesto un verdadero antes y después, sin duda sería la
música de Gustav Mahler.
Mi llegada a su música fue, como creo que para gran parte de
los melómanos, a través del adagietto
de la quinta sinfonía, unida para siempre a la película de Luchino Visconti “Muerte en Venecia”.
Escuché aquella música una tarde de domingo, en una cinta de
cassette que me habían prestado, el “adagio
Karajan” con el que don Herbert se convirtió en superventas después de
muerto. Recuerdo como aquella música se me quedó pegada muy adentro. Tanto, que
el lunes siguiente, cuando esperaba el bus del instituto, en una mañana
tremendamente lluviosa, aquella melodía eterna seguía sonándome en la cabeza…
Un poco más tarde, mientras me iba convirtiendo en
aficionado a la Música, vi en un
programa de canal plus, Música Noche,
que presentaba Juan Ángel Vela del Campo, una película documental “Mahler dirigiendo a Mahler” en la que, a
través de los comentarios de cuatro
directores – Abbado, Chailly, Haitink y Muti – que habían participado en un festival
celebrando los 75 años del homenaje en el que Willem Mengelberg había ejecutado
en el Concertgebouw de Ámsterdam la totalidad de las sinfonías de Mahler,
convirtiéndose, junto a Bruno Walter, en el principal valedor de la música del
recientemente fallecido compositor, repasaban su obra.
Muchas cosas me impactaron de aquel documental, pero dos
sobre todo. Una, la primera intervención de Claudio Abbado en la que contaba cómo
“entendió la idea Mahler”, cuando de joven estudiante en Viena, “poco después
de la guerra”, vio un cortejo fúnebre acompañado por una banda musical. Y dos,
la música con la que el documental finalizaba mientras mostraba una sucesión de
fotos de Gustav Mahler desde niño a poco antes de su muerte. Poco después supe
que era el tiempo lento, Ruhevoll, de
su cuarta sinfonía. Durante mucho tiempo, creí no haber escuchado música más
bella que esa.
Poco a poco, espoleado por aquello, fui escuchando su obra,
descubriendo sinfonías. Cada hallazgo era algo novedoso, acompañado por una
idea que ahora me hace sonreír: me parecía que aquella música, al contrario que
otros compositores que empezaba a descubrir, parecía cómo si no estuviera
escrita para una orquesta normal, cómo si los mismos músicos e instrumentos que
ejecutaban obras de Mozart, Beethoven o Chaikovski no fueran los que tocaran la
música de Mahler.
Poco después escuché por primera vez una sinfonía de Mahler en
directo. Fue en Madrid, a la Orquesta Nacional dirigida por Eliahu Inbal en la
Primera Sinfonía. Recuerdo la expresión de gozo del maestro al iniciar los
violoncellos el tema principal del primer movimiento, viéndole tararear levemente
la letra de la canción en la que está basado “Ging heut morgen über feld…”. Aun
recuerdo mi entusiasmo y como, a raíz de aquello, cada vez que podía, asistía a
un concierto en el que se tocaba alguna de sus sinfonías.
Creo que quizá pueda cantar de memoria todas sus sinfonías
de tantas veces que las he escuchado… Pero ahora, pocas veces escucho su
música. Sólo si en Radio Clásica están emitiendo algo mientras voy en el coche,
me resisto y no cambio de emisora, y sigo tarareando la música de memoria, y comparo
la ejecución con mis grabaciones preferidas.
Con el tiempo he descubierto – como la mayoría de los
mahlerianos – que su música está hecha de retazos de infortunio, sufrimiento, tristezas
e incomprensiones, y eso, según te vas haciendo mayor, te afecta más. Esa
materia de la que está constituida su música y que la hace tan terriblemente
bella y adictiva, es la misma que la hace tan dura y real, y muchas veces a mí
me provoca rechazo. El rechazo a la tragedia, a la vida atormentada, y a la
idea que expresó Rilke de “alabar la vida pese a todo”, aun sabiendo que se le
escapa por momentos de las manos.
Hoy, Mahler es la piedra de toque de cualquier gran orquesta
y de cualquier director de primera fila, y quizá se abuse mucho de su obra. Para
mí, aunque ya no la escuche casi nunca – creo que llevo años sin volver a la Canción de la Tierra – supuso mi
entrada a un mundo maravilloso; me hizo conocer las influencias de la que procedía
– sobre todo Wagner – y perderle el miedo a conocer a lo que venía después: la
Escuela de Viena, dodecafonismo...
Mahler, eternamente…

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