Quisiera poder expresar lo que una pieza musical puede llegar a representar para un enamorado de la Música que no es músico. Reconozco que es tarea imposible, pero intentaré acercarme.
Mi abuela paterna había fallecido
el verano anterior, y poco antes de que vendieran su piso, Rocío y yo estuvimos
en Madrid pasando unos días, haciendo noche allí.
Era la mañana de un domingo de
otoño, y nos preparábamos para salir hacia la estación para coger el tren de
vuelta a Córdoba. Consciente de que era la última vez que iba a estar allí, deambulé
por todas las estancias del piso, intentando fijar en mi memoria para siempre
su última imagen y el recuerdo de todo lo que yo había vivido allí.
Al llegar a la habitación más
cercana a la puerta de salida, entré para hacer esa fotografía mental de
recuerdo. En un atril, mi padre había dejado una partitura abierta. Era Un
día de noviembre, de Leo Brouwer.
Hacía años que no la escuchaba,
pero me detuve y leí la partitura completa, mientras en mi cabeza se agolpaban
los recuerdos que esa casa encerraba para mí. Cada vez que recuerdo el piso de
mi abuela, el pensamiento es indisoluble de esa maravillosa pieza.
En octubre de 2017, la Orquesta
de Córdoba celebró su 25 aniversario y Leo Brouwer volvió a dirigir su
orquesta. Terminado el concierto, músicos y aficionados celebramos con él ese
reencuentro.
En un aparte de esa noche templada
de otoño, le conté al maestro lo que aquí he escrito y, escuchándome con su
característica mirada envuelta en sonrisa, me dijo:
- …para eso la escribí.
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