Ha muerto Jesús López Cobos. De poco vale escribir algo más
de lo ya dicho sobre el que quizá ha sido el director español más internacional.
Realmente, me siento afortunado de, por lo menos una vez,
haber asistido a un concierto que dirigía. Fue en días previos a la navidad de
2014, cuando dirigió el Réquiem Alemánde Brahms a la Orquesta de Córdoba. Fue emocionante verle dirigir una obra que
amaba, y que estaba unida a un trágico episodio de su vida personal, y de la
que sacaba como pocos, el sentido que Brahms le dio a esa mezcla de sensaciones
que todos tenemos ante la muerte.
El último tiempo “Selig
sind die Toten” (Bienaventurados los muertos) fue un prodigio de sensibilidad
y de dominio de todas las voces orquestales. Todos los asistentes lo aclamamos
con pasión, la misma que dejó en su interpretación. Desde el anfiteatro,
observamos cómo su hijo Lorenzo la siguió con verdadera atención, y seguro que
también con mucha pasión.
Recuerdo haberle escuchado en un documental decir que, si
dirigía Wagner, sentía que no había nada que más le gustara que Wagner, y que
si dirigía Mozart, que no había música más grande que esa… Y así con cada
música que dirigía… Ésa debe ser la pasión.
Cuando salimos del teatro después del Réquiem Alemán, nos encontramos con José Miguel, que salía del
teatro, violín bajo el brazo. Le paré y le pregunté qué tal habían sido los
ensayos y los conciertos, y me dijo que había sido un verdadero privilegio
compartir la música esos días con él.
Descanse en paz Maestro.

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