Contrapunto en Albacete


Y allí estaba Bach, doscientos cincuenta años después de que dejara de ser, en un lugar tan poco luterano como Albacete, tocado en el sur por músicos que venían del norte, pero no del de Europa.

Los violines de Mavi y Chiqui nos explicaban sin palabras aquello de las líneas musicales que se mueven independientemente unas de otras, pero guardan una relación armoniosa entre ellas: eso que los músicos llaman contrapunto, y los profanos escuchamos y no entendemos, pero creemos sentir.

Las líneas musicales del día se habían entrecruzado de una manera que era imposible explicar cómo habíamos llegado a Albacete desde el Montseny. Sólo alguien como Bach había podido resolver ese problema de contrapunto vital.

Habíamos salido tarde del inicio del viaje, pero llegada la hora de comer – por tierras de Castellón – nuestro coche – con director y solistas - alcanzó el autobús que transportaba a los músicos de la orquesta de cámara. Habíamos recuperado el tiempo perdido.

Pero, cosas de la vida, un malentendido de palabras y señales de tráfico, provocó que, en la variante de Valencia, nos desviáramos hacia Madrid, y para volver a nuestro recorrido, tuviéramos que atravesar por una carretera secundaria toda la comarca de la Ribera Alta valenciana.

De nuevo parecía que habíamos vencido al contratiempo, incorporándonos a la autovía. Pero como siempre hemos sabido, toda situación es susceptible de empeorar, nuestro coche pinchó a la altura de Xàtiva.

Creo que allí me di cuenta de lo deprisa que van los coches por las autovías, sintiendo el rebufo de los vehículos que pasaban a nuestro lado. Prácticamente tirados en la carretera, los cuatro ocupantes hacíamos maniobras contrapuntísticas para cambiar una rueda, ya con la amenaza cierta de llegar tarde a la hora del concierto en Albacete, haciendo aflorar los nervios.

Constatada nuestra poca pericia para cambiar una rueda, llamamos a una grúa. Esperando, o desesperando, en medio de la carretera, apareció la grúa, conducida por un sujeto que pareciera entender más de sustancias estupefacientes que de cargar coches, visto los improperios que profería en un perfecto valencià al resistírsele el coche a la grúa.

El taxi que nos debía llevar a Albacete tardó un poco más. Hacíamos cálculos mentales sin pronunciarlos en voz alta, y nos salía que, para llegar a Albacete desde allí, el taxi debería circular a una media de doscientos kilómetros a la hora, circunstancia que no fue óbice para que el taxista al llegar a ese maldito punto intermedio de la autovía, abriera el maletero y nos enseñara unas palomas de concurso valoradas según sus propias palabras en más de quinientas mil pesetas, a pesar de nuestras prisas y ruegos porque montáramos ya y llegáramos a Albacete de una vez.

No puedo precisar la velocidad del taxi, pero recuerdo dejar de mirar el indicador de velocidad a la altura de Almansa porque las cifras me producían auténtico pánico… Diez minutos antes del concierto llegamos a Albacete. Lo habíamos logrado.

Los músicos de la orquesta respiraron tranquilos. Todo iba a empezar en orden. La sala estaba llena ya. Sólo un pequeño detalle fallaba: Chiqui había olvidado en Barcelona los zapatos: debía tocar en zapatillas deportivas.

En un minuto busqué una zapatería, pedí unos zapatos, pagué y salí. Aun recuerdo a la propietaria de la zapatería preguntándome mientras salía por la puerta si no me los quería probar…

Y allí estaba Bach… luterano, perfecto, calculado, sin sobresaltos, pleno de sabiduría… Con las manos sucias de tocar la rueda tocaron Mavi y Chiqui, y dirigió Gonçal, como si nada hubiera ocurrido: ni el despiste de Valencia, ni el pinchazo, ni la grúa, ni las palomas de concurso… Todas las líneas musicales por su lugar y perfectamente combinadas confluían en aquella sala.

Recordé un libro que había leído hacía poco: una novela de Vikram Seth en la que decía que la música de Bach era una música constante. Por lo bajo, dije aquellas palabras de Beethoven Nicht Bach, sondern Meer sollte er heißen(No debería llamarse arroyo, sino mar)

Terminado el concierto, la cena de músicos, y yo el único profano… Habíamos olvidado (o casi) lo ocurrido, y la música de Bach seguía inundándonos, tal y como Gonçal había dicho la noche anterior en el ensayo en Terrassa: “Hemos dejado de tocar, pero su música podría continuarse horas y horas”.

Y así, todavía sigue tocando… recordando como confluyeron todas las líneas musicales y contratiempos en un lugar tan poco luterano como Albacete.

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