Antón García Abril

 Me volví hacia mi izquierda y, en voz baja, mientras el pianista salía airoso de la complicada cadencia, le dije a Virgilio, señalando con la cabeza hacia el patio de butacas, que teníamos enfrente:

- El compositor es el de la corbata rosa.

No había podido dejar de observarle durante toda la cadencia: sin duda, sufría como músico, y gozaba como autor con una expresión de concentración y fuerza interior. Minutos después, tras el explosivo final, el Auditorio Nacional irrumpía en aplausos. Solista y director obligaban al señor de la corbata rosa a subir al escenario a recibir y agradecer la ovación.

- Juanito ¿Conoces al compositor?

Era Antón García Abril, palmeado y abrazado por el director – Frühbeck de Burgos – y el pianista – Leonel Morales – que acababan de ejecutar su Concierto para Piano. El público madrileño de domingo por la mañana, tan peculiar, – entre los que nos contábamos David, Virgilio, y yo – aplaudía al compositor, olvidando la habitual frialdad madrileña en las ovaciones.

La abundante presencia de la noticia del fallecimiento de Antón García Abril en los medios estos días, da cuenta del arraigo de su obra más conocida en la cultura popular de nuestro país. Su enorme trabajo en cine y televisión hace que su música esté presente en nuestros recuerdos más de lo que pensamos.

Su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas de Artes de San Fernando en 1983, En defensa de la melodía, supuso un verdadero alegato de afirmación de la creación basada en la melodía. Para muchos amantes de la música, esa idea contenida en su discurso: “Es la melodía quien determina la voluntad expresiva de los sentimientos a través de la música” nos reconcilia con la creación nunca apartada de la concepción de belleza, y de una preferencia en el arte por lo pasional sobre lo cerebral.

Esa maravillosa cualidad poliédrica de su creación, que toca la fibra de lo popular a lo culto, me llena el paisaje del país de su música: me gusta escuchar bordeando la Costa del Sol, por Torremolinos, esa canción que dice “Me gusta hacer turismo, es algo reconfortante…”. No puedo pensar en el Madrid de Benito Pérez Galdós sin la banda sonora de Fortunata y Jacinta. Pasear por las faldas de la colina de la Alhambra, bordeando la parroquia de San Cecilio, tiene el espíritu del piano de los Nocturnos de la Antequeruela. Y recuerdo nuestro verano del año 2014, por las perdidas carreteras del Maestrazgo, tras comer en Teruel, con mi mente sonando los Preludios de Mirambel.

Eso es lo que me gusta de su música: está pegada a la tierra, al alma… En sus propias palabras:

Realmente un compositor escribe en cada momento lo que necesitaría oír, aquella obra que le gustaría escuchar. Escribes para ti, pero para proyectarla sobre los demás […] La música debe estar unida a los seres humanos de cada época”



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